Category Archives: Libros

Libros

Renovarse o morir.

Published by:

“Renovarse o morir” es el título de Pablo Wicham Ferrier, al que se le añade un esclarecedor subtítulo: “Pasado, presente y futuro de las Asambleas de Hermanos”. 

Recuerdo asistir hace años a un encendido debate entre ancianos de AAHH (Asambleas de Hermanos) sobre cuáles eran los elementos distintos de las mismas. Una cuestión como esa no debería ser mayor problema en una familia denominacional, sin embargo aquello generó un confuso debate en el que no hubo acuerdo sobre los rasgos comunes de identidad. Para mayor delirio, parte del tiempo se debatió si la letra H de “Asambleas de Hermanos” debería ir en mayúscula o no. Dejaré una pausa para que el lector se recupere de este dato. Curiosidades a parte, las AAHH necesitamos una reflexión como la que nuestro querido Pablo Wickham ha hecho, esta reflexión es necesaria, no sólo porque el número de AAHH en España está retrocediendo, no sólo porque la vitalidad de muchas de ellas está apagándose, sino porque debemos ser fieles al evangelio que hemos recibido de hermanos que han pagado un alto precio personal por llevárnoslo.

La premisa que da pie a este libro es la necesidad de una mayor vitalidad espiritual y crecimiento en estas iglesias que tanto crecieron hace no demasiados años. Creo que todos podemos estar de acuerdo en esto, pero ¿quien se atreve a señalar cuales son los obstáculos en nuestra renovación?. Pablo Wickham se ha atrevido, y sospecho que su reflexión le traerá entusiastas y detractores, es lo que suele ocurrir con las voces proféticas que señalan nuestras vergüenzas. 

El libro resume magistralmente el pasado de las AAHH, aquellas primeras crisis que ayudaron a definir los verdaderos rasgos distintivos, tan fieles a las enseñanzas del Nuevo Testamento, y que permitieron crear congregaciones saludables y misioneras, estos principios figuran en las páginas 42 y ss, tales como:

La centralidad de la Cena del Señor.

La Sola Escritura. 

La iglesia local compuesta sólo de creyentes.

La devoción total a Cristo.

El sacerdocio de todos los creyentes.

La libertad del Espíritu Santo.

El supremo imperativo de la predicación del evangelio y la obra misionera.

La total dependencia de Dios para cubrir todas las necesidades financieras de la Obra.

La esperanza del pronto retorno del Señor. 

Debería haber añadido que estos principios son los de las Asambleas de Hermanos Abiertas, aquellas que tras el debate entre Darby y Muller, pusieron en práctica los saludables principios neotestamentarios, en lugar de buscar la unanimidad en aspectos formales. Además, de manera concisa, enumera los nombres de algunos destacados hermanos cuyas vidas y ministerios fueron de enorme bendición para las iglesias. 

Estamos ante un libro valiente que no duda en cuestionar aspectos que para muchas AAHH son esenciales, como son el dispensacionalismo, el silencio de las hermanas o una visión de la autonomía de las iglesias locales (que se traduce en una ausencia de colaboración entre iglesias). Esto es sumamente peliagudo, para los que nos hemos criado espiritualmente en este contexto denominacional, tomar la distancia suficiente para hacer un análisis crítico es sumamente difícil. Y es difícil porque se mezclan elementos afectivos poderosos, me refiero al profundo respeto que muchos tenemos por siervos de Dios que tanto nos enseñaron. Sin embargo esto no quita un ápice a la necesidad de este análisis.

Algunos de estos temas a los que el autor apunta merecerían un análisis más detallado, algo que no pretende esta obra, y aunque en muchas congregaciones algunos de esos temas no se cuestionan (por ejemplo el velo y el silencio de las hermanas o el dispensacionalismo), en otras sí que se han analizado, e incluso se ha llegado a posiciones distintas a las tradicionales. Pero no nos quedemos en esos aspectos, sino que vayamos más allá de la mano del autor al corazón de nuestro estancamiento, la necesidad de un encuentro personal con Dios mismo para poder llevar a cabo la cooperación entre iglesias y el fortalecimiento de lazos de comunión, el necesario papel de los jóvenes, el evangelismo y las misiones… 

Las palabras anteriores carecen de mérito como resumen del libro, tampoco pretenden serlo. Creo que Wickham hace un trabajo respetuoso con nuestro pasado, recordando nombres no muy conocidos de siervos que redescubrieron verdades fundamentales, y que las pusieron en práctica. Creo que el autor acierta al señalar que los elementos contextuales (como él los llama) han ocupado el lugar de verdades fundamentales. Deberíamos ser capaces de “abrir el melón” de las tradiciones decimonónicas y énfasis que muchos hemos aceptado como válidos, en un debate que: 1) sea respetuoso y equilibrado,  2) no se eternice, llegando a agriarse, y 3) no perdamos de vista los fundamentos espirituales que sustentan toda renovación espiritual. 

La última conferencia toca una renovación necesaria en la función de los ancianos, y en la vida espiritual de los mismos. ¡Otro tema delicado que el autor no evita!. He re leído el libro y reconozco que una de las partes que más me han gustado a sido precisamente esta. Debemos replantearnos qué es ser anciano. Una vez más tenemos que poner el foco en la Palabra de Dios y no tanto en ejemplos cercanos entre los que habrá piadosos ejemplos y en algún caso, excesivo personalismo, autoritarismo e intransigencia. Los ancianos, como los padres de familia, son imitados en sus formas y en sus errores por los que les siguen: hagamos ese análisis crítico a la luz de la Biblia para evitarnos esto.

En estos tiempos en los que echa mano de todo tipo de estrategias, nuevos métodos, Pablo Wickham apunta a sencillas, profundas y poderosas verdades de la Palabra de las que nunca nos debimos haber apartado. Estas verdades son la comunión y vida en santidad, y la visión expansiva del evangelio.

Ahora bien, como congregaciones locales, ¿cómo podemos aprovechar las reflexiones de este libro?. Creo que una tentación es caer en extremos tales como: 1) un negativismo poco provechoso que reniega de nuestra herencia espiritual, eliminando el inmenso tesoro espiritual que hemos recibido de hermanos y  2) quedarnos en los elementos que es necesario desbrozar, ignorando los retos que tenemos que asumir, como la renovación espiritual, la visión evangelística y la incorporación de jóvenes aptos en los ministerios. 

En el aspecto positivo hay retos que debemos asumir. Y es que a la hora de hablar de renovación espiritual no solemos mirar dentro de nosotros mismos. Pero lo cierto es que esos tiempos de refrigerio espiritual comienzan por una renovación personal, en oración privada y santidad. El otro aspecto que debemos asumir como iglesia es que la obediencia salir fuera a llevar el evangelio. Pocas cosas son tan renovadoras como compartir las buenas noticias de salvación. Somos los principales bendecidos al obedecer al llamado de evangelizar porque somos renovados, y porque esto nos previene de los males que derivan de centrarnos en nosotros mismos. 

Quiero pensar que el Autor de la Iglesia haya comenzado ya a obrar en nosotros por libros como el que comento en esta entrada. 

Libros

Ernesto y Gertrudis Trenchard. Reseña de la obra de Tim Grass.

Published by:

¿Quienes fueron Ernesto y Gertrudis Trenchard?, ¿cómo fue el trabajo de los misioneros ingleses?, ¿cómo eran las asambleas en los difíciles años del régimen de Franco?, ¿cuales eran sus necesidades?, ¿quienes fueron los obreros nacionales que se fueron añadiendo y cómo creció la obra de Dios en la España nacional católica?.

Siempre he sentido curiosidad por conocer más de aquellos hermanos que nos han precedido y que tanto han hecho en favor de las Asambleas de hermanos. Sin embargo, apenas he podido recoger más que alguna anécdota piadosa. Hace unos años, predicando en un retiro de una asamblea de Madrid, aproveché la pausa de la merienda para acercarme a dos hermanos veteranos y les pregunté si habían conocido a los Trenchard, y qué podían contarme de aquellos tiempos. Escuché con asombro lo que para ellos habían sido esos años de crecimiento y empuje, cómo los jóvenes iban a casa de los Trenchard a comer los Domingos, así como cantidad de detalles que me tuvieron atento y disfrutando de esos tiempos que no viví.

Para mí, que estoy más cerca de los 50 años que de los 40, este libro es un tesoro porque habla de nuestra historia, una historia que desconocemos y al que esta obra hace un justo tributo.

Las biografías misioneras tienen el riesgo reseñar sólo las victorias y triunfos de estos héroes de la fe, ocultando con una amorosa discreción aquellas partes que quizás hacen a estos obreros “demasiado humanos”. Miramos a esos gigantes de la fe con admiración, veneración, y seguramente ajenos a sus luchas reales, flaquezas y errores, también a sus derrotas, porque no debemos olvidar que eran seres humanos. La honestidad con la que el Sr. Grass refleja la vida de los Trenchard, es inspiradora, porque refleja una realidad que es, en muchos sentidos, la misma que vivimos hoy en la obra de Dios, y eso hace que su libro sea no sólo creíble, sino un relato de fe sin exaltaciones ni silencios que distorsionarían la vida de unos siervos que dieron lo mejor de sí mismos, con sus debilidades y enfrentando muchas veces la oposición y las contradicciones con las que nosotros nos vemos desafiados. 

El libro de Tim Grass, editado por el CEFB es un formidable trabajo que rebosa rigor y un concienzudo análisis de las fuentes. Pero no creáis que sólo estamos ante una obra académica, cada página de este libro es fascinante, recorre las vidas de Ernesto y Gertrudis, sus familias, estudios, su llamado a la obra en España, y lo hace de una manera amena. Veremos la España previa a la guerra civil, asistiremos a la creación de FONDEVAN, de la Alianza evangélica en España, escucharemos nombre que nos son conocidos y queridos en las AAHH, Pablo y Catalina Wickham, Pedro Gelabert, Jaime Stunt, Fernando Pujol,y una larga lista de nombres. Creo que estamos ante un libro necesario, porque nos muestra la riqueza de nuestra historia, y nos enfrenta con los errores y énfasis en los que antaño otros cayeron y en los que nosotros podemos caer: el problema de la carnalidad en forma de personalismo y celos, la necesidad de vivir conforme a los principios de iglesias neotestamentarias.

Ernesto Trenchard fue un incansable obrero en la mies del Señor, sus maratonianas jornadas de trabajo, estudio, enseñanza, el cuidado de otros, organización de campamentos, pastoreo hacen que uno entienda por qué su salud comenzaba a resquebrajarse. Me admira comprobar que Trenchard era un erudito, a quien el mismísimo F. F. Bruce estimaba, y eso me hace ver mi necesidad de profundizar en el conocimiento de la Palabra de Dios y en mi comprensión de este mundo y del momento actual. Y es que Ernesto se ocupó de conocer la realidad de España. Conocía a fondo su literatura, lo cual le permitió trabar amistad con un agente de la policía enviado para investigar las actividades de los evangélicos, en esta amistad compartían su amor por la literatura española y con un profundo respeto compartía las enseñanzas de la Biblia, ya que el agente era un devoto católico romano. 

El precio que estos obreros tuvieron que pagar fue elevado. La descripción de los angustiosos momentos  que el matrimonio vivió en Toledo al inicio de la guerra civil así como la miseria de nuestros compatriotas en la posguerra, las dificultades de los hermanos que aun con dos trabajos (los que disponían de empleo) apenas cubrían sus necesidades básicas, la ignorancia de esos primeros conversos sin apenas medios y cómo este matrimonio trabajó incansablemente editando cursos, libros y formando a los que habían de liderar las asambleas, es encomiable. La vida de los Trenchard tampoco fue ajena a las dificultades que sufrieron internamente, estas, obviamente, mucho más dolorosas. 

En lo personal, este libro me ha ayudado en varios aspectos:

  1. Las circunstancias históricas cambian, pero nuestra realidad interior es la misma: las dificultades de la obra pionera, la necesidad de los creyentes de estar bien cimentados en la Palabra de Dios. Pero también nuestros desafíos y miserias son las mismas, y mucho podemos aprender de nuestros mayores para evitar caer en los personalismos y tradiciones no bíblicas que tantas trabas ponen al crecimiento y expansión de las iglesias.
  2. Mis ancianos me enseñaron que la Palabra de Dios no sólo es inerrante e inspirada, sino esencial para vivir vidas de santidad y para edificarnos saludablemente. Todos los esfuerzos para crecer en el conocimiento de Dios conforme a Su Palabra, nunca son suficientes.
  3. El movimiento de las AAHH descubrió las verdades neotestamentarias en cuanto a la iglesia, el sacerdocio de los creyentes, la Santa Cena, etc… hoy en día aparecen nuevos paradigmas para el crecimiento de iglesias, pero el plan de Dios es uno sólo: la iglesia local. Todas estas modas pasarán, ¡pero la iglesia permanecerá!.
  4. Sólo tenemos una vida, ¡y hay tanto por hacer!. Me emociono al leer todo lo que estos hermanos hicieron en favor del Reino de Dios, su incansable trabajo, estudio y servicio. ¡Sin duda no ha sido en vano!, frente a este mundo que busca la felicidad en el egoísmo y está cada vez más deprimido, podemos comprobar que la verdadera felicidad se encuentra en estar completamente rendido a la causa de Dios.
  5. La curiosidad y el hambre intelectual no están en absoluto reñidos con la verdadera espiritualidad. 
  6. El evangelismo implica conocer al receptor del mensaje. No se trata de adulterar el evangelio, sino de comunicarlo de manera más efectiva, Trenchard sabía muy bien cómo hilar un mensaje evangelístico para presentar el evangelio. 
  7. Muchos hermanos que se congregan en AAHH ignoran su historia. Quizás por un sentido de humildad, no hemos querido exaltar al movimiento de los hermanos para no restar protagonismo al Dios de la obra. Con todo, creo que las nuevas generaciones hacen bien en sentir interés en conocer cómo la obra de Dios ha llegado hasta ellos, y cuánto podemos aprender de los gigantes sobre cuyos hombros estamos sentados. 

“Ernesto y Gertrudis Trenchard. La enseñanza que permanece”. Editorial: CEFB. Autor: Tim Grass. 254 págs. Disponible en: https://www.libreriacristianaelrenuevo.es/

Julio Martínez

Iglesia cristiana evangélica en Suanzes, Madrid. 

Libros

Tratado de teología, de Thomas Watson

Published by:

watson_-_tratado_teolog_a1Acabo de terminar el que se ha convertido en uno de mis libros favoritos. Que conste que hice un par de intentos de empezarlo, pero la lectura ha sido de una inmensa bendición para mí. Como diría Spurgeon el aire de los puritanos es más claro, más puro, porque viven más cerca del Cielo, todo en ellos es Biblia, el centro es Cristo y su evangelio. Lejos de los nuevos libros “cristianos” que tienen más que ver con la auto ayuda y el alcanzar tus metas, Thomas Watson, como Ryrie, como Bunyan, como Spurgeon, se ocupan en los grandes temas de la vida cristiana.
He querido recopilar algunas de las citas que fui subrayando en mi lectura. Estoy seguro que una segunda lectura será de mayor bendición aún.

“Se afirma la gran verdad de que el fin de la vida de todo hombre debería ser glorificar a Dios, lo cual tiene que ver con las tres personas de la Trinidad: Dios el Padre, que nos dio vida; Dios Hijo, que perdió su vida por nosotros; y Dios el Espíritu Santo, que produce vida en nosotros”.

Glorificar a Dios supone cuatro cosas: 1) el aprecio, 2) la adoración, 3) el afecto y 4) la sujeción. Esta es la renta anual que pagamos al Rey del Cielo.

La trinidad que ellos adoran son: “los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida” 1 Jn 2:16. La concupiscencia es un deseo o impulso desordenado que incita al alma a hacer lo malo. Existen la concupiscencia vengativa y la concupiscencia lasciva.

Si es tan terrible oír el rugido del león, ¿qué será cuando él empiece a desgarrar a su presa? “Entended ahora esto, los que os olvidáis de Dios, no sea que os despedace, y no haya quien os libre” (Sal 50:12). ¡Ojalá los hombres que continúen pecando pensaran esto! ¿incitaremos al gran Dios a ponerse en contra nuestra? Dios tarda en golpear, pero lo hace con fuerza: “¿Tienes tú un brazo con el de Dios?” (Job 40:9). ¿Puedes dar semejante golpe? Dios es el mejor amigo, pero el peor enemigo: si puede llevar a los hombres a la tumba, ¿cuan lejos podrá lanzarlos? “¿Quien conoce el poder de (su) ira?” (Sal 90:11) ¡Qué necios son los que por un sorbo de placer, se beben todo un mar de ira!. Paracelso habla de una locura que algunos padecen, que les hará morir entre danzas; los pecadores, pues, descienden al Infierno bailando.

Si hemos creído que hay un Dios, deberíamos depender tanto de su providencia que no utilizásemos instrumento indirecto alguno; no tendríamos que recurrir al pecado para salir de las dificultades: “¿No hay Dios en Israel, que vais a consultar a Baal-zebub dios de Ecrón?” (2 R 1:3) Cuando los hombres recurren a artimañas pecaminosas, ¿no es acaso porque no creen que haya un Dios o que él sea todopoderoso?.

La verdadera agua bendita no es la que rocía el papa, sino aquella que destila de los ojos del arrepentido.

Si Dios es infinito en todas partes, no le limitemos: “Y ponían límite al Santo de Israel” (Sal 78:41 RV1909). Limitar a Dios es confinarle dentro del restringido ámbito de nuestra razón. La razón piensa que Dios debe actuar de una determinada manera o, de lo contrario, el asunto no se llevará a cabo.
Dios escogerá su propia manera de actuar; desconcertará y dejará perpleja a nuestra razón; obrará a través de improbabilidades; y salvará de un modo que, en nuestro parecer, debería haber causado más bien destrucción. Él actúa según su propia naturaleza, como un Dios infinito y “hacedor de maravillas” (Sal 86:10).

El conocimiento de Dios es retentivo: Él jamás olvida nada de lo que sabe. Dios tiene reminiscentia además de intelligentia, y recuerda al igual que comprende. A nosotros se nos escapan muchas cosas de la mente, pero el conocimiento de Dios se prolonga por toda la eternidad. Para él está tan fresco lo que sucedió hace mil años como si se hubiera producido en el último minuto: por eso es perfecto en conocimiento.

La ignorancia es la nodriza de la impiedad.

Él “ve en lo secreto” (Mt 6:4). Al igual que el comerciante anota las deudas en un libro, Dios tiene su diario, donde anota cada pecado. … Absalón enmascara su traición pretendiendo un voto religioso; Judas encubre su envidia de Cristo y su codicia bajo la apariencia de caridad hacia los pobres (cf Jn 12:5). Jehú utiliza la religión para impulsar su ambicioso plan (cf. 2 R 10:16) Pero Dios ve a través de estas hojas de higuera.

La consideración de la omnisciencia divina prevendría muchos pecados.

Sufrir constituye la herencia de los santos, si la Cabeza ha sido coronada de espinas, los pies no andarán por camino de rosas.

Los malvados hieren las espaldas de los santos, y luego, les ponen vinagre en las heridas; pero Dios anota su crueldad. Los creyentes son parte del cuerpo místico de Cristo, y por cada gota de sangre derramada de un santo, Dios pone en su frasco una gota de ira.

La razón por la que el pecado cometido en un tiempo breve se castiga eternamente es porque cada pecado se comete contra una esencia infinita, y nada más que un castigo eterno puede ser suficiente. ¿Por qué se castiga la traición con la confiscación de bienes y la muerte si no es porque se comete contra la persona del rey, que es sagrada?. Mucho más, entonces, la ofensa contra la corona y la dignidad de Dios tendrá un carácter infame e infinito, y no podrá satisfacerse mas que con el castigo eterno.

Los perversos tienen un gusano que nunca muere (Mr 9:44), y los piadosos una corona incorruptible,

¡Piensa en la eternidad! Annos aeternos in mente habe. Hermanos, cada día estamos viajando hacia la eternidad; y ya sea que durmamos o que velemos, continuamos nuestro viaje.

Si el decreto de Dios es eterno e inmutable, entonces Dios no elige previendo nuestra fe, como sostienen los arminianos: “Pues no habían aún nacido, ni habían aún hecho ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese… se le dijo: A Jacob amé, más a Esaú aborrecí” (Rm 9:11-13). No somos elegidos por la santidad, sino para la santidad ( Ef 1:14). Si no somos justificados por causa de nuestra fe, mucho menos somos elegidos por ella. En Efesios 2:8, se nos dice que somos justificados por medio de la fe como instrumento, pero no por la fe como causa; y si no somos justificados por causa de la fe, mucho menos es ella la causa de nuestra elección. El decreto de la elección de Dios es eterno e inmutable, por tanto, no depende de una fe prevista: “Creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna” (Hch 13:48). No fueron elegidos por haber creído, sino que creyeron por haber sido elegidos.

El mismo poder que sacó a Cristo del sepulcro y lo llevó al Cielo es el que atrae hacia Dios al pecador (Ef 1:19). En la conversión se emplea más poder que en la creación, ya que, cuando Dios hizo el mundo, no encontró oposición alguna – no tenía nada que lo ayudara, ni tampoco nada que lo estorbara-; pero para convertir a un pecador sí que encuentra oposición.
El mundo fue hecho por los dedos de Dios (Sal 8:3), pero la conversión es obra de su brazo (Lc 1:51). En la creación, Dios sólo h hizo un milagro, diciendo la palabra; pero en la conversión lleva a cabo muchos milagros; el ciego ve, el muerto es resucitado, el sordo oye la voz del Hijo de Dios…

El poder de Dios es inagotable; jamás se gasta ni se desperdicia; los hombres debilitan su fuerza cuando la utilizan, pero Dios tiene un manantial inagotable de fuerza en sí mismo (Is 26:4) y, aunque emplee ss flechas contra sus enemigos (Dt 32:23), jamás se consume su fuerza: “No desfallece, ni se fatiga con cansancio” (Is 40:28).

El mejor de los hijos de Dios tiene alguna cosa en sí que merece el Infierno.

Dios es libre, en su propio corazón, para salvar a uno y no a otro, sin que su justicia se vea en absoluto impugnada o manchada. Si dos hombres te deben dinero, puedes, sin cometer injusticia, perdonar la deuda de uno y exigirla del otro. Si dos malhechores son condenados a muerte, el rey puede perdonar a uno y no al otro: no está siendo injusto si deja a uno sufrir, porque ha transgredido la ley; ni tampoco si salva al otro, porque estará haciendo uso de su prerrogativa como rey.

Dios es tan fiel a sus amenazas como a sus promesas. Para mostrar su verdad, él ha ejecutado sus amenazas y ha permitido que los rayos del juicio cayeran sobre los pecadores en esta vida. Él hirió a Herodes en su acto de orgullo, y ha castigado a blasfemos como Olimpio, obispo arriano que censuró la bendita Trinidad y blasfemó contra ella, e inmediatamente cayeron sobre él rayos del Cielo, y lo fulminaron. Temamos la amenaza para que no tengamos que experimentarla.

Al Infierno se va por muchos caminos, y los hombres pueden escoger el que mejor les parezca; peero sólo existe un camino directo al Cielo, a saber, la fe y la santidad.

El apóstol menciona la trinidad del hombre perverso: “Los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida” (1 Jn 2:16). Los deseos de la carne son el placer; los deseos de los ojos, el dinero; y la vanagloria de la vida, la honraa. ¡Presta atención a esto! Cualquier cosa que deifiques además de a Dios se te convertirá en zarza, y de ella saldrá un fuego que te devorará (Juec 9:15).

Hay dos libros que Dios empleará para juzgar y condenar a los paganos, a saber: el libro de la conciencia- “Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones” Rm 2:15- y el libro de la creación: “Las cosas invisibles de Él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles… por medio de las cosas hechas” Rm 1:20.

No descansemos nunca hasta que volvamos a reflejar la imagen divina. Ahora llevamos la imagen del diablo, en orgullo, malicia y envidia; busquemos la restauración de la imagen de Dios, que consiste en conocimiento y justicia. La gracia es nuestra mejor hermosura, que nos hace como Dios y como los ángeles. Lo que el sol es para el mundo, la santidad lo es para el alma. Vayamos a Dios para que él repare su imagen en nosotros: “Señor, tú, que me hiciste una vez, hazme de nuevo, el pecado ha borrado tu imagen en mí; ¡dibújala otra vez con el lápiz del Espíritu Santo!”.

No existe tal cosa como el destino ciego, pero sí hay una providencia que guía y gobierna el mundo: “La suerte se echa en el regazo; mas de Jehová es la decisión de ella” Pr 16:33.

El decreto determina las cosas que ocurrirán; la providencia de Dios las ordena.

Como bien señalará Agustín: “Estamos en deuda con los hombres perversos, quienes nos hacen bien en contra de su propia voluntad”.

Las cosas que a nosotros nos parecen irregulares, Dios las utiliza para su propia gloria. Supón que estás en una herrería y ves varias clases de herramientas, algunas retorcidas, otras arqueadas… el herrero hace uso de todas ellas para efectuar su trabajo.

Es bueno prestar atención a la Providencia, pero no debemos convertirla en nuestra regla de andar. La Providencia es el diario del cristiano, pero no su Biblia.

El pecado es la única cosa hacia la que Dios siente antipatía. Dios no aborrece a alguien porque sea pobre o despreciado en el mundo… pero lo que despierta la intensa aversión de Dios es el pecado (Jer 44:44) ¿Permitirá Dios que el hombre al que aborrece viva con Él?. Dios jamás meterá una víbora en su seno.

El pecador es la persona que más cosas se niega a sí mismo, ya que su pecado le privará de un sitio en el Cielo.

Llevas un infierno contigo, y contaminas cualquier cosa que haces; tu corazón, como un fondo de lodo, ensucia el agua más pura.. ¡Ah, cuanto debería humillarnos el pecado original! Esa es una de las razones por que Dios ha dejado en nosotros ese pecado: para que los tengamos como un aguijón en nuestro costado que nos humille (2 Co 12:7). Así como el obispo de Alejandría, cuando la gente hubo abrazado el cristianismo, destruyó todos los ídolos de ellos menos uno, para que la vista de esa estatua les hiciera aborrecerse a sí mismos por su idolatría pasada.

Los pecadores quieres ser esclavos, no desean obtener la libertad: besan sus cadenas.

La eternidad será poco para alabarle. A los músicos les gusta interpretar su música en el lugar que más resuela; y a Dios le encanta otorgar sus misericordias allí donde pueda obtener las alabanzas más sonoras. Tú que tienes la recompensa de los ángeles, haz el trabajo de los ángeles. Comienza aquí esa labor de alabanza que esperas llevar a cabo eternamente en el Cielo.

Donde Cristo es Salvador, también es Santificador. “Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1:21).

Tal vez (el incrédulo) tenga más perspicacia para las cosas de este mundo que los creyentes, pero no percibe “lo profundo de Dios” (1 Co 2:10). Un cerdo puede ver una bellota bajo una encina, pero no es capaz de percibir una estrella. Los que son enseñados por Cristo entienden los arcana imperii (secretos de Estado), los misterios del Reino de los Cielos.

No debemos pedir razón de la voluntad divina; es peligroso husmear en el Arca de Dios. Nuestro cometido no es discutir, sino adorar.

El hombre soberbio es la diana a la que Dios dispara, y él nunca yerra el blanco. Arrojó del Cielo al orgulloso Lucifer; derribó de su trono al engreído Nabucodonosor, e hizo que comiera hierba (Dn 4:25). ¡Sé, por tanto, humilde como Cristo!.

Resulta absurdo pensar que Dios justifique a personas y que estas continúen pecando. Si Dios justificara a las personas y no las santificara, estaría justificando a unas personas a las que no podría glorificar. Un Dios santo no puede poner a un pecador en su seno. El metal se refina primero antes de ponerse sobre el mismo el sello del rey; de igual manera, el alma se purifica primero con la santidad antes de que Dios ponga sobre ella el sello de la justificación.

Los piadosos están sellados con un doble sello: el sello de la elección (“Conoce el Señor a los que son suyos”) y el sello de la santificación (“Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo”). … Supone una vergüenza tan grande llamarse cristiano y carecer de santidad como ser mayordomo y no tener fidelidad, o decir que se es virgen sin poseer castidad.

La Biblia tiene una virtud transformadora: ilumina la mente y consagra el corazón.

La seguridad nos hará satisfechos aunque poseamos poco en el mundo. El que tiene lo suficiente está contento; el que cuenta con la luz del sol se siente satisfecho, aunque no posea candil alguno.

Latimer dijo: “Cuando estoy sentado a solas, y tengo una seguridad firme con respecto al estado de mi alma, y sé que Dios es mío, soy capaz de reirme de todos los problemas, y nada me atemoriza”.

El pecador no duda de la misericordia divina, y de esta confianza presuntuosa surge cierto tipo de sosiego en su mente. En hebreo, la misma palabra -Kasal- significa tanto confianza como necedad. Ciertamente,la confianza del pecador es locura.

Si nunca has sufrido ni un rasguño a manos de la ley harás bien en dudar de tu paz: Dios vierte el aceite de la paz en los corazones quebrantados.

Permíteme preguntarte: ¿De dónde te viene ese sentimiento de pecado? Nadie puede sentir el pecado si no es por la Gracia. El hombre perverso es insensible: pon una tonelada de peso encima de un hombre muerto y no se quejará; pero el ser sensibles a la corrupción es señal de que tenemos un principio de gracia obrando en nosotros ( Rm 7:21). Lo que está muerto no combate.

Haz con tu corazón como haces con tu reloj de bolsillo: dale cuerda todas las mañanas con la oración; y por las noches comprueba si ha funcionado bien durante todo el día y si los engranajes de tus sentimientos se han movido con presteza en dirección al Cielo. ¡Echa cuentas a menudo contigo mismo! Mantén tu cómputo cabal, ya que esa es la forma de conservar la paz.

Sé humilde. Crisóstomo llama a la humildad la madre de todas las virtudes. Dios permite que un cristiano pobre y humilde se mantenga firme, mientras que otros con más habilidades y con más alto concepto de sí mismos caen en la apostasía. Es más posible que perseveren aquellos a quienes Dios da mayor gracia y… “Dios … da gracia a los humildes” 1 Pe 5:5.

¡Cuida bien tu fe!, protégela y ella te protegerá a tí.

“Para mí el vivir es Cristo”, es decir, “Cristo es mi vida”, lo mismo dice Gregorio de Nisa, o, dicho de otro modo: “mi vida está hecha de Cristo”; así como la vida del hombre perverso está hecha de pecado, la vida de Pablo estaba hecha de Cristo.

El cristiano, como un pájaro que quisiera volar, pero que tiene un cordel atado a sus patas para que no lo haga, se elevaría al Cielo con las alas del deseo, pero el pecado no se lo permite: “No hago el bien que quiero”. Rm 7:9.

La muerte es el funeral de todos nuestros dolores.

Aunque Cristo tiene un mar de ira, sin embargo, no hay en él ni una sola gota de injusticia.

Libros

El asombro del perdón, nuevo libro de José de Segovia

Published by:

Si nuestros antepasados temblaban ante la posibilidad del juicio de Dios, hoy no piensan así ni los viejos. Por eso, cuando decimos que Dios es amor, no nos engañemos, lo que la gente piensa es que, si realmente existe, será alguien totalmente inofensivo, alguien a quien no podemos temer, porque no haría daño ni a una mosca. Es como un muñeco de peluche, suave y entrañable, que da valor y confianza en la vida, pero no supone ningún peligro”. Pg. 20. El asombro del perdón. José de Segovia.

Estos días estoy leyendo un libro que me está haciendo mucho bien a nivel espiritual. Para el pastor, periodista y conferenciante José de Segovia, el perdón de Dios es asombroso, fascinante, profundo. Su libro examina el perdón de Dios y las ricas implicaciones que tiene, la cruz, el mito de la bondad del hombre, el problema del mal. Se trata de un libro profundo pero muy claro, lleno de citas que conectan estas doctrinas bíblicas con referencias culturales que nos son reconocibles, cine, literatura, teatro. De hecho la profusión completamente oportuna de referencias hace que el libro sea enormemente ameno, sin rebajar un ápice su compromiso con la Palabra de Dios.

Creo que es un libro que los cristianos encontrarán muy estimulante, pero aquellos que aún no lo son lo encontrarán revelador. No compres sólo uno, porque este libro vale la pena regalarlo a tus amigos.