Estudios bíblicos » October 11, 2020

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Devocional

El amor del Padre

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En aquel día pediréis en mi nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios. Jn 16:26 

Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo. Jn 16:33 

  1. Los que son amados por Dios. 

Aquí el Señor Jesús anticipa un día, un día glorioso, un día en el que los discípulos experimentarán una nueva relación con el Padre. En esa nueva relación Jesucristo echará sobre sus hombros nuestras oraciones, asumiendo esa carga de manera personal, y haciendo suyas las peticiones que presentamos en su nombre. Otro aspecto de ese nuevo pacto es que los discípulos serán amados por el Padre, y esto será posible por el reconocimiento de que Jesús es el Señor. 

Ese día ha llegado. Nosotros somos esos discípulos. Aquellos que reconocen Quien es Jesús, que es Dios encarnado, el Logos de Dios, que es Señor, y que tiene toda autoridad en el Cielo y en la Tierra, que reconocen su deidad y humanidad, su muerte sustitutoria en la cruz, su resurrección y ascensión triunfal, estos son los que entran en una nueva era de los tratos de Dios con la humanidad. Una era de privilegios inimaginables. 

Recientemente alguien que acababa de creer el evangelio me hablaba de lo asombroso que le resultaba el perdón completo que hay en Jesús. No puedo menos que recordar el libro de mi admirado José de Segovia: “El asombro del perdón”.  Asombrarnos por el perdón y el amor del Padre sólo es posible si hemos reconocido el abismo que es nuestro pecado, la vileza de nuestras miserias, y lo que merecemos por ellas. Aquel fariseo que oraba consigo mismo, satisfecho de su bondad, no se asombra del amor de Dios por él, cree que lo merece. Nunca entenderá el perdón, no cree que haya hecho nada malo. Cree que su justicia es al menos casi tan grande como la justicia de Jesús, y cree que su obediencia es tan completa como la del Hijo de Dios. Eso es la necedad y amargura del hijo mayor, la rebeldía de Absalón, la inmadurez de Roboam.  

  1. Creados para ser amados. 

El ser humano ha sido creado con una profunda necesidad relacional. Anhelamos la amistad y el cariño de otros. Aquellos nunca han conocido la bendición de unos padres que los aman, anhelarán ese amor y sufrirán por esa carencia.  

“.. el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado” 

Y no sólo eso, también hemos sido creados para ser amados por Alguien cuyo amor es tan perfecto, tan grande, cuya compañía es tan deleitosa, que a su lado el mejor amigo es una pobre compañía. Esa dimensión del ser humano existe, y aunque dañada por el pecado, hará de nosotros seres incompletos hasta que no encontremos en Jesús el reposo definitivo. Igual que los espíritus inmundos andan por lugares secos buscando algo de alivio, los seres humanos vagamos por la vida buscando ese Amor en otros amores.  

Pero ese amor no es gratuito. Tampoco es barato. Nuestra condición rebelde ha afectado a cada estrato de nuestro ser, contaminando la raíz, y extendiéndose a nuestra mente, y nuestras emociones. Nuestro pecado ofende de tal manera a Dios que somos arrojados de sus ojos como Adán y Eva lo fueron del paraíso.  “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio” Hab 1:13 un mal tan grande sólo pudo ser perdonado con un bien supremo, el perfecto hijo de Dios, limpio, obediente y manso, ofrecido como pago por nuestro mal. Dios pagando bien a cambio de nuestro mal, amor por nuestro odio, bendición sobre nuestra maldición. Si el Hijo de Dios no hubiera cargado el pecado, este nos hubiera aplastado. 

Este acto de Dios: Jesús, sólo puede ser reconocido, creído y recibido, como garantía del perdón hecho posible, o rechazado e ignorado, como garantía de la condenación merecida. No hay un camino intermedio cuando el ser humano es enfrentado con Jesús. Este es el antídoto de un mortal veneno que en cuestión de tiempo nos consumirá. Si la indiferencia nos lleva a dejar que el veneno del pecado actúe en nuestro cuerpo, somos justos merecedores de nuestra fatalidad.  

Sin embargo, cuando Jesucristo es creído y honrado, las puertas del Cielo se abren ante nosotros, la sonrisa del Padre nos recibe a la mesa, y todas nuestras cargas son quitadas. El amor del Padre en Jesús es un amor que nos pone el sello de Dios, nos hace suyos para siempre. “Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, De cierto lo menospreciarían” Cnt 8:7 nadie que haya conocido ese amor lo cambiaría por nada, ya que nada se asemeja al valor eterno del amor del Padre.  

Quisiera que todos pudiéramos adentrarnos en este misterio y perdernos en él. Crecer en este amor, y estar firmes, arraigados y cimentados en este bendito amor del Padre. Levantarnos por las mañanas cantando y acostarnos por las noches dando gracias. Que abramos el tesoro de nuestros bienes espirituales, que recorramos por la fe la esperanza venidera, que sostengamos con fuerza el ancla que nos une al Cielo y tira de nosotros. Quedó fuera la maldición y la muerte, hemos sido trasladados al Reino del Amado Hijo, estamos en casa, somos amados, la mesa está puesta ante nosotros, nos espera la compañía deleitosa del padre, el verdadero hogar de cada creyente.