Reflexiones personales

La Palabra que se desliza

Llevaba mucho tiempo con ganas de conseguir un ejemplar de “La Biblia textual” del que había leído buenas críticas. Lo compré en Amazon a buen precio y nada más me llegó la forré y salí con ella al Metro, dispuesto a seguir con mi lectura. Terminé Tito y comencé con Hebreos, hasta llegar al capítulo 2, versículo uno, que dice:

“Por lo cual debemos dar más solícita atención a las que cosas que fueron oídas, no sea que las dejemos escurrir”.

La RV60 dice “nos deslicemos”, pero la versión textual dice que son las cosas que en su momento oímos las que se terminan escurriendo si dejamos de prestarles atención.

Cuando escuchamos el evangelio por primera vez, ¡qué gozo y qué celo!, éramos diligentes en buscar al Señor y obedecerle. Cuando vamos el Domingo a la reunión y escuchamos la Palabra, ¡qué maravilla y qué hambre del Señor tenemos!.

Pero llega el Lunes, el Martes y nos vamos enfriando. Pasan los años de convertidos y nuestro celo disminuye, ¡Heb 2.1 nos alertó!, no debemos de dejar de prestar atención a las cosas que hemos oído, porque estás se nos escapan como agua entre las manos. Somos oyentes olvidadizos, oimos la Palabra, pero la olvidamos, se nos “escurre”. Creo que esta es una experiencia muy común entre creyentes.

¿Qué podemos hacer?, ¡prestar atención!, volver a traer a la memoria una y otra vez la Palabra de Dios, volver a meditar en ella cuidadosamente, leyendo con atención y guardando en nuestra memoria los versículos. Cada día, varias veces cada día, continuamente.

***

Mucha gente es enemiga de poner normas a las disciplinas espirituales: debes orar treinta minutos, leer tres capítulos al día, etc… piensan que esto es legalismo. Lo cierto es que la carne que queda en nosotros (¡que es mucha carne!) es indulgente, siempre tiene excusas: hoy estás demasiado cansado para leer la Biblia, miremos un poco de TV, o de Facebook. Ya estuviste el Domingo en la iglesia, tienes que cambiar de actividad, mejor pasa el tiempo haciendo otra cosa. ¡Es legalismo ponerle límites a la carne! (se dice la carne a sí misma), ¿o no?.

Legalismo es pensar que puedes justificarte delante de Dios con otra cosa diferente al sacrificio de Su Hijo. Confiar en tu justicia, en tu religiosidad, en tu bondad. Todo eso es legalismo.

Cuando voy al gimnasio y me dijo: “Julio, hoy toca hacer al menos 70 abdominales y 30 minutos corriendo” no es legalismo, es una forma de establecerme una noble meta, y si no tuviera esa meta no sería capaz de mover mi complaciente cuerpo más allá del sofá.

Antes he hablado de Heb 2.14: de atender con diligencia a la Palabra de Dios puesto que tendemos a olvidarla. ¿Por qué no tener metas?, como mínimo tres capítulos de la Biblia, como mínimo dos tiempo con el Señor, en la mañana y en la noche, en los que podamos meditar en la Escritura y tener comunión con nuestro Creador y Redentor.

A la carne no le gusta, pondrá unas cuantas pegas, inventará magníficas excusas. Pero tu salud espiritual te lo agradecerá. Lo necesitas.

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