Reflexiones personales

Asistencia ciudadana

El viernes pasado nos habíamos tomado la tarde libre. Mi esposa llevaba 4 años preparando unas oposiciones y había decidido descansar la tarde antes para tener la mente despejada (¡no se puede decir que es un gran descanso!!). Habíamos ido a comer al centro, a la zona de Ópera y nos dirigíamos a casa, a tomar el coche para ir a comprar las latas de refrescos para la el aperitivo después de la reunión del Domingo.

Nuestra alcaldesa, a modo de despedida decidió quitar las paradas de autobús, que están en perfecto estado, sustituyéndolas por otras nuevas (alguien ha debido salir beneficiado), la parada en la que estábamos seguía en obras, y un señor de 80 años al bajar del autobús se cayó de frente, golpeándose en la ceja. Lo levantamos y lo sentamos. La herida le dejó de sangrar. Decidimos acompañarle hasta que se recuperara, así que perdimos el autobús. El señor nos contó que había sido policía toda su vida:

-En fin, me he pasado la vida haciendo lo que ustedes esta tarde, alguna vez me tenía que tocar estar al otro lado.

Cuando decidió que estaba mejor se puso de pie, y a los dos pasos vi que estaba mareándose, así que antes de que cayera lo agarré y lo tumbamos, poniéndole las piernas en alto. Era el momento de llamar a la ambulancia. Mi esposa, siguiendo años de hábitos profesionales, le tomó el pulso y le preguntó si tomaba alguna medicación.

Mientras venía la ambulancia ví que el hombro hacía el gesto de dar arcadas, así que lo pusimos de lado y vomitó varias veces. No sé por qué pero mientras el pobre hombre devolvía le sostenía la frente, quizás porque cuando yo era pequeño y mi madre me ponía la mano en la frente me sentía muy aliviado. Fue algo instintivo, aprendido de mi madre por la experiencia. Ojalá ese gesto le aliviara tanto como mi madre me ayudaba cuando estaba enfermo.

Y en ese momento vi que el ex agente de policía de 80 años, vestido con un traje azul y corbata, era un hombre que seguramente vivía solo y sin ayuda, sus pantalones tenían zonas rotas, sin coser, desgastadas de hace tiempo. Me dio una pena enorme.

Nuestra condición moral no es mejor delante de Dios. Estamos enfermos por el pecado, desorientados, y profundamente necesitados. La religión puede provocar cierto alivio, al menos al principio, pero lo que necesitamos es una completa sanidad, moral y espiritual. Eso es lo que Cristo Jesús ha hecho por nosotros, auxiliarnos, sanarnos, darnos vida, justo cuando estábamos en nuestra peor condición, en el punto más profundo de nuestra miseria.

No hay mayor historia de amor, ni ejemplo más completo de ayuda desinteresada que Cristo Jesús, ofreciendo su vida para que nosotros, enfermos desahuciados, pudiéramos tener vida.

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