Teología puritana, más necesaria que nunca

 

 

Me preocupa la deriva teológica humanista y consumistas.
La sustitución de la Palabra por la autoridad de hombres.
La ignorancia de la Biblia y de las grandes doctrinas de la Biblia.
Un cristianismo ignorante es un cristianismo débil por que el que no vale la pena vivir.

“Se afirma la gran verdad de que el fin de la vida de todo hombre debería ser glorificar a Dios, lo cual tiene que ver con las tres personas de la Trinidad: Dios el Padre, que nos dio vida; Dios Hijo, que perdió su vida por nosotros; y Dios el Espíritu Santo, que produce vida en nosotros”.

Glorificar a Dios supone cuatro cosas: 1) el aprecio, 2) la adoración, 3) el afecto y 4) la sujeción. Esta es la renta anual que pagamos al Rey del Cielo.

Si es tan terrible oír el rugido del león, ¿qué será cuando él empiece a desgarrar a su presa? “Entended ahora esto, los que os olvidáis de Dios, no sea que os despedace, y no haya quien os libre” (Sal 50:12). ¡Ojalá los hombres que continúen pecando pensaran esto! ¿incitaremos al gran Dios a ponerse en contra nuestra? Dios tarda en golpear, pero lo hace con fuerza: “¿Tienes tú un brazo con el de Dios?” (Job 40:9). ¿Puedes dar semejante golpe? Dios es el mejor amigo, pero el peor enemigo: si puede llevar a los hombres a la tumba, ¿cuan lejos podrá lanzarlos? “¿Quien conoce el poder de (su) ira?” (Sal 90:11) ¡Qué necios son los que por un sorbo de placer, se beben todo un mar de ira!. Paracelso habla de una locura que algunos padecen, que les hará morir entre danzas; los pecadores, pues, descienden al Infierno bailando.

Si hemos creído que hay un Dios, deberíamos depender tanto de su providencia que no utilizásemos instrumento indirecto alguno; no tendríamos que recurrir al pecado para salir de las dificultades: “¿No hay Dios en Israel, que vais a consultar a Baal-zebub dios de Ecrón?” (2 R 1:3) Cuando los hombres recurren a artimañas pecaminosas, ¿no es acaso porque no creen que haya un Dios o que él sea todopoderoso?.

Si Dios es infinito en todas partes, no le limitemos: “Y ponían límite al Santo de Israel” (Sal 78:41 RV1909). Limitar a Dios es confinarle dentro del restringido ámbito de nuestra razón. La razón piensa que Dios debe actuar de una determinada manera o, de lo contrario, el asunto no se llevará a cabo.
Dios escogerá su propia manera de actuar; desconcertará y dejará perpleja a nuestra razón; obrará a través de improbabilidades; y salvará de un modo que, en nuestro parecer, debería haber causado más bien destrucción. Él actúa según su propia naturaleza, como un Dios infinito y “hacedor de maravillas” (Sal 86:10).

El mismo poder que sacó a Cristo del sepulcro y lo llevó al Cielo es el que atrae hacia Dios al pecador (Ef 1:19). En la conversión se emplea más poder que en la creación, ya que, cuando Dios hizo el mundo, no encontró oposición alguna – no tenía nada que lo ayudara, ni tampoco nada que lo estorbara-; pero para convertir a un pecador sí que encuentra oposición.
El mundo fue hecho por los dedos de Dios (Sal 8:3), pero la conversión es obra de su brazo (Lc 1:51). En la creación, Dios sólo h hizo un milagro, diciendo la palabra; pero en la conversión lleva a cabo muchos milagros; el ciego ve, el muerto es resucitado, el sordo oye la voz del Hijo de Dios…

Dios es libre, en su propio corazón, para salvar a uno y no a otro, sin que su justicia se vea en absoluto impugnada o manchada. Si dos hombres te deben dinero, puedes, sin cometer injusticia, perdonar la deuda de uno y exigirla del otro. Si dos malhechores son condenados a muerte, el rey puede perdonar a uno y no al otro: no está siendo injusto si deja a uno sufrir, porque ha transgredido la ley; ni tampoco si salva al otro, porque estará haciendo uso de su prerrogativa como rey.

Dios es tan fiel a sus amenazas como a sus promesas. Para mostrar su verdad, él ha ejecutado sus amenazas y ha permitido que los rayos del juicio cayeran sobre los pecadores en esta vida. Él hirió a Herodes en su acto de orgullo, y ha castigado a blasfemos como Olimpio, obispo arriano que censuró la bendita Trinidad y blasfemó contra ella, e inmediatamente cayeron sobre él rayos del Cielo, y lo fulminaron. Temamos la amenaza para que no tengamos que experimentarla.

No existe tal cosa como el destino ciego, pero sí hay una providencia que guía y gobierna el mundo: “La suerte se echa en el regazo; mas de Jehová es la decisión de ella” Pr 16:33.

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