Los milagros, la casualidad, Dios.

Hace unos meses en un vídeo de 50 cosas sobre mí, os conté que había sido testigo de un suceso sobrenatural. Nunca pensé que os lo iba a contar, pero, cambié de opinión.

Dejadme que os ponga en antecedentes.

Soy pastor evangélico. Algunos nos llaman pastores bi vocacionales, básicamente porque tengo mi trabajo con el que pago mis facturas, pero tengo una segunda vida en la que estoy involucrado en las vidas de muchas personas. El trabajo de pastor implica muchas cosas, algunas muy felices, pero otras muy tristes, experiencias que te consumen, que te vacían emocionalmente. Y a veces, existen experiencias contadas, donde ves por el rabillo de ojo como lo sobrenatural irrumpe en tu vida.

Hay dos cosas que tenéis que saber sobre el Dios de la Biblia.

La primera es que lo sobrenatural es que viene disfrazado de casualidad. Digámoslo de otra manera, Dios interviene muy a menudo, pero le encanta hacerlo de incógnito, sin que se note que es Él. Para mí esto es lo más maravilloso. Dios es muy caballeroso y discreto, busca hacer el bien, pero no está interesado en llevarse la reputación. Y esto lo he visto muchas veces.

La segunda es que Dios, muchas veces obra in extremis. Cuando la situación es más desesperada, cuando la ayuda no viene y ya casi estás resignado al desastre, en ese momento Dios viene como el séptimo de caballería, como una cuerda que baja del cielo en el momento más crítico.

Y ahora os cuento lo que ocurrió aquel día.

Estaba muy cansado. La vida de un pastor suele serlo. Había trabajado todo el día, y había tenido reuniones y actividades durante la semana, después del trabajo. Lo que menos me apetecía era tomar un taxi e irme al hospital a visitar a un hombre moribundo y su esposa rota de dolor. Lo que menos me apetecía para mi estado de ánimo era ir a aquella escena de muerte, tristeza y despedida.

Pero no sé por qué, hice lo correcto, paré un taxi y me fui rumbo al hospital.

Ahora cambiamos de escena. En el hospital la situación se ha puesto al límite. Antonio, aquel hombre de mi iglesia está a punto de morir, su esposa, Concha, recibe la noticia del médico. Con ella hay un matrimonio de la iglesia que la acompañan. El médico, consciente de la situación dice:

-Si quieren, puedo llamar a un sacerdote.

Para un evangélico, que encima es una minoría religiosa en España, es desesperante eso. Concha responde.

-Nosotros somos cristianos evangélicos, no tenemos sacerdotes, tenemos pastores.

Pero claro, no hay ningún pastor cerca. Así que todos están desolados, Antonio va a morir y no hay un pastor cerca de él que le acompañe.

En ese momento, se abren las puertas del ascensor, y aparezco yo. Lo que yo veo es a Concha y a ese matrimonio que se giran a mí y se quedan con la boca abierta. Justo acaban de decirle al médico que ellos tienen pastores. Justo en ese momento.

La historia no termina a mí. Rápidamente me ponen al día, Antonio va a morir. No sé si habéis asistido a un moribundo. Es terrible. Yo no quiero entrar en esa habitación. Puedo oler la muerte. Prefiero quedarme con la viuda, tomándole la mano y diciéndole palabras de ánimo, cualquier cosa antes de entrar en esa habitación llena de oscuridad. Pero me invitan a pasar. Me piden que pase.

Antonio está en la cama. Sufre un agudo episodio de enfisema. La gente que muere así no tiene una muerte rápida, es una muerte lenta y agónica. Boquean como peces a los que has sacado del agua. Tiene la espalda completamente arqueada, luchando por sacar todo el aire que pueda, aunque tiene una máscara de oxígeno. Se oye la respiración.

A un lado de la cama está Concha, su esposa, al otro lado estoy yo. Y Concha comienza a despedirse. Es la escena más triste que he visto nunca. Con un amor y una ternura inmensas empieza a decirle:

-Has sido siempre un buen marido, nunca me has gritado y me has tratado bien. Yo quisiera que te quedaras conmigo, pero te tienes que ir.

Aquellas palabras me rompen el alma. Guardamos silencio. Concha me pide que ore. Así que de manera espontánea hablo con Dios. Luego Concha ora. Saco mi Biblia y leo un pasaje reconfortante que habla del amor de Dios por nosotros, un amor tan intenso que ni la muerte nos puede separar de Él.

Van pasando las horas. Las once de la noche. Las doce. No puedo más, me siento un rato. Pero Concha tiene fuerzas sobrehumanas. Sigue de pie, al lado de su marido, mirándolo con ternura.

En algún momento Antonio morirá, así que sigo esperando. Ya no queda nadie con Concha, y no quiero dejarla sola.

Y entonces, a la una de la madrugada, con el hospital entero en silencio, algo ocurrió en aquella habitación. Una presencia luminosa y llena de amor bajo. Aquella presencia era tan real que Concha y yo nos miramos a los ojos. Aquella presencia bañaba todo con un profundo consuelo. No me atrevía a decir nada, pero Concha me dijo.

-Julio, ¿es un ángel?.

-No Concha, es Dios mismo, aquí.

No recuerdo mucho más. Sé que oramos. En mi interior tuve una certeza, Antonio no iba a morir esa noche. Así que se lo dije:

-Concha, Antonio no va a morir hoy, así que ve a descansar.

Le di un beso, y me fui a casa. Antonio no murió aquella noche, ni aquella semana. Murió meses después. Hay experiencias que el tiempo distorsiona, pero eso que viví lo recuerdo con perfecta claridad.

Concha ha muerto este año. En alguna ocasión he contado esta experiencia en público, con Concha presente. Ahora Concha y Antonio están junto, disfrutando de Aquella presencia que nos visitó esa noche. Ambos son creyentes y en sus vidas reconocieron que esa misma presencia nació hace 2000 años en un tugurio pobre, ocupado por la Roma Imperial, esa presencia llamada Jesús de Nazareth, quien se hizo cercano a nosotros y alivió el sufrimiento de muchos. Esta presencia hecho hombre fue a la cruz a cumplir la sentencia judicial en lugar de nosotros, los humanos culpables, para reconciliarnos con Dios, y hacer posible que lo que para mí fue una experiencia puntual, para cada uno sea una experiencia sin fin.

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