En recuerdo de mi abuelo
Homenaje a Julio Martínez,
entrañable padre de familia, excelente abuelo y bisabuelo, y mejor ser humano, D.E.P.
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La foto fue
tomada este mes de Agosto del 2.004, contento, pero cansado por la enfermedad
y las intervenciones a las que le habían sometido. |
El Sábado pasado (10 de
Abril de 2.004) fue el día de mi aniversario, ¡ya cinco años de casados!. Me encontraba en un retiro de mi antigua iglesia, en
Huelva, me habían invitado para ser el "predicador" del retiro, y
allí nos encontrábamos, pasando unos días de descanso y confraternización,
mientras repasábamos los tres aspectos de nuestra salvación (pasado, presente y
futuro). El Sábado era el último día, y exceptuando
por el hecho de que mi esposa no estaba con nosotros, todo había sido perfecto.
En Isla Cristina, Huelva, el tiempo nos acompañaba, y cuando salimos de la
exposición y el coloquio (que fue, como los anteriores, de lo más animado)
teníamos pensamientos de bajar a la playa. Me encontraba hablando con un
hermano en la fe, que me explicaba las complicaciones de su operación al
ponerle un marcapasos (caramba, como mi abuelo), y recibí un par de llamadas
perdidas en el móvil, llamadas de mi hermana. Al principio pensé que se trataba
de un "toque", una costumbre de los chavales de ahora que me tuvieron
que explicar (con la creciente sensación de que me estoy haciendo viejo), que
consiste en dejarte un llamada perdida en el móvil, como forma de decir
"estoy aquí". No le dí más importancia y
seguí escuchando a mi hermano.
Otra llamada perdida, en
esta ocasión era de mi madre, y me sospechaba lo peor. "Julio, soy mamá,
llámame urgente". Aquello ya me parecía una confirmación. Busqué un rincón
y la llamé.
Era algo esperado, pero ¿tan
pronto?. Busqué en la agenda del móvil el número de mi
hermana pequeña (que se encontraría con mi padre), me lo pasaron rápidamente.
-Julio, que el abuelo se ha
muerto.
Al parecer aquello había
sido bastante reciente, oír a mi padre con la voz quebrada de tristeza, me
rompió el corazón, la verdad, no supé qué decir, poco
más que: "voy para allá, un abrazo".
Vaya. Vaya, vaya.
Me puse en marcha. Mi esposa
dormía, había pasado la noche trabajando en el hospital y no despertaría hasta
las 15.30. Tendría que ir a Sevilla, y de allí a Granada en autobús, pero no
sabía los horarios. Bueno, eso no sería problema.
Los hermanos, conforme se
fueron enterando me fueron transmitiendo sus condolencias y su cariño. Más
tarde pude hablar con la mujer de mi padre, él estaba conduciendo y no se podía
poner. Comí, hice mi maleta y salimos para Sevilla. No era el tiempo de llorar
todavía, tenía un viaje para pensar.
A las siete de la tarde cogí
un autobús de la Alsina Graells
en el Prado, estábamos la mitad de los pasajeros. Mi mujer venía de camino,
habíamos quedado en la estación de autobuses de Granada. Me quedaban dos horas
y cuarto para pensar.
De mis cuatro abuelos sólo
llegué a conocer a tres. A mi abuela materna, que incluso estuvo viviendo con
nosotros, y a mis dos abuelos paternos, incluso estuve viviendo con ellos unos
meses en Málaga, y de niño pasé algunas temporadas con ellos.
Con mi abuelo he pasado de
las mejores épocas de mi vida. En la "Melera" (una finca en Granada)
pasaba los veranos. A mi abuelo le encantaba madrugar, se quedaba esperándome
para desayunar juntos, mientras amanecía. Él hacía picatostes (para los
foráneos os diré que es pan frito). Para él eso de los picatostes era el
"no va más" dentro de las posibilidades del desayuno. A mí no es que
me entusiasmaran, pero la cara de satisfacción de mi abuelo diciendo
"vente parriba, Julillo, que ya tengo los
picatostes" hacía que te entraran ganas de comerlos. Otra cosa, mi abuelo
te ponía el cola-cao tan caliente que te podías
escaldar la lengua, la boca y el esófago. Era una costumbre personal, si te
preparaba un cola-cao te lo ponía hirviendo, si te
hacía un arroz caldoso, ídem. Después del desayuno salíamos a regar los
rosales, en silencio, por lo general. A veces cuando pasábamos mucho tiempo
juntos no hablábamos mucho, creo que la gente parlanchina le ponía la cabeza
como un bombo, y apreciaba los ratos de silencio, por lo general, en esos ratos
silenciosos los rompía con un "Mmmmmmm..."
o con un repentino palmetazo en el muslo y el consabido "¡qué tío más
parejo eres!". Todos los primos y mis hermanos temíamos la rápida palmada
en el muslo, pero nos hacía gracia (siempre que se lo hiciesen a otro, claro).
Otro recuerdo que me vino a
la cabeza fue una vez que estábamos él, mi abuela y yo en Iznalloz
(un pueblo de la provincia de Granada), íbamos en el Seat
que tenía (y que le duró un buen tiempo, recuerdo el olor de la tapicería de
ese coche y me pongo enfermo). Paramos en una gasolinera y mientras mi abuelo
se bajaba, salió de no sé donde una mujer, vestida de negro y muda. Mi abuela
se llevó un susto de muerte. Pero mi abuelo le preguntó por su familia, sacó
diez mil pesetas y se las dió. Hoy en día diez mil
pesetas es "demasiado" dinero para una limosna, imaginaros en
aquellos tiempos (yo debía tener al menos diez años, es decir, hace veintidós).
La mujer le dió las gracias con sus ruidos guturales
y le lanzaba besos a mi aterrada abuela. Y es que mi abuelo tenía un corazón
enorme, no sólo era generoso con sus nietos, también lo era con la gente que
conocía.
Esos dos recuerdos se me vinieron a la cabeza en aquel autobús,
ya estaba pensando lo que iba a decir en el entierro, porque, no sé cómo, tenía
el deseo de decir algunas palabras en honor a él. En el mundo evangélico es
normal hacer algo así, pero en el mundo católico no tanto, o al menos no es lo
habitual, yo quería hacerlo, deseaba hacerlo, estoy demasiado orgulloso de mi
abuelo y lo sigo queriendo mucho para quedarme callado. Sólo seleccioné esos
dos recuerdos para compartirlos con mi familia, y unas palabras de consuelo de
la Palabra de Dios.
Pero tengo demasiados
recuerdos, muchos más para compartir con los que amo. Recuerdos de momentos
gratos y de momentos dolorosos, permitidme que os cuente algunos, que no son
pocos.
Mi abuelo, era, ante todo,
un "abuelo" (¡!), eso quiere decir que tiene una especial predilección
por los nietos, eso quiere decir que estaba bien dispuesto a dejarnos hacer las
cosas que mis padres no me dejaban, como coger las pistolas (de exposición, no
armas de fuego reales) que cuelgan del salón de la Melera (una especie de
trabucos antiguos), e incluso la metralleta (también de exposición). También te
daba de comer hasta reventar (y más allá), cuando no podías más siempre sacaba
la tabla para cortar chorizo, salchichón, o el delicioso queso de cerdo (de La
Cueva, una especie de venta de producción propia), recuerdo cuando la Melera (el
nombre de una casa familiar en el campo) no tenía luz eléctrica y teníamos que
encender la luz de gas, comíamos oyendo el silbido de esa luz. Después de comer
nos íbamos a dormir en los colchones de lana, en unas sábanas tan frías que te
daba cosa moverte. Eso sí, tanto mi abuelo como mi abuela te ponían diligentemente
la escupidera debajo "por si te dan ganas de orinar". Para un niño
totalmente urbanizado como yo eso era de lo más exótico, ¿cómo podías hacer pis
en mitad de la noche en el cacharro ese?, ¿y si se te olvidaba que habías
orinado allí dentro y al bajar de la cama metías el pie en la escupidera?..... puajjjjj.
Una de las cosas que
guardaba mi abuelo eran los dibujos que iba haciendo, en Toledo lo dibujé en el
banco, y en la Melera dibujé la casa del Torro y el pajar (actualmente varias
viviendas). Años después me comentaba que conservaba esos dibujos. La costumbre
de dibujar la perdí, y tomé la costumbre de escribir, una de mis tías me dijo
que en la mesita del salón tenía mi escrito sobre los atentados del 11-M que
puse en mi página de internet.
A veces te hacía reír con
las ocurrencias y cosas que hacía. Una costumbre heredada es la de estornudar a
todo volumen, en eso el abuelo nos superaba a todos. Recuerdo una vez que
estábamos en la sobremesa, mi abuela dormitaba, y a mi abuelo le entró uno de esos
estornudos-ciclón. Mi abuela pegó un brinco:"¡Julio, que me vas a
matar!", eso era algo habitual en él, como sus refranes, poesías y frases
lapidarias, algunas de mis favoritas: "Hoy
hombres, y mañana estatuas", o "Qué quiere usted que yo le cuente, que yo nací para poeta, y no para
dependiente". Pero tenía muchas más, muchísimas. Cuando se reía, lo
hacía al estilo Martínez, dándose de lleno, con una risa contagiosa. Cuando
viví con ellos en Málaga una noche que estaban viendo en TV uno de esos programas
de entre semana (creo que era uno de Isabel Gemio, de
reconciliaciones y encuentros familiares), encontraron algo que les hizo tanta
gracia que mi abuelo, en pleno ataque de risa, se puso de pié y ¡se le cayeron
los pantalones!, él mismo encontró aquello gracioso y siguió riéndose mientras
decía: “¡Ay, que se me caen los calzones!”.
En Málaga lo pasé
estupendamente, allí mi abuelo me decía que yo tenía "más Biblias que un obispo" (otra frase lapidaria). Creo
que no fuí una buena influencia para él, me explico,
cuando llegaba la noche se sentaba conmigo en la mesa, yo le decía:
-Abuelo, ¿no cenas nada?.
-No, me he comido a media
tarde un “peacillo” de queso y no tengo ganas.
Yo seguía comiéndome el
filete con patatas y él decía al rato.
-No, si el caso es que me
está entrando hambre de verte- decía mientras se pasaba la mano por la barriga.
Y se ponía a cenar conmigo.
El espectáculo se repetía casi cada noche.
Al tiempo, los dos (mi
abuela y él) se ponían a leer los resultados de los análisis de sangre como dos
estudiantes leyendo las notas, sólo que mi abuela era la buena estudiante, y mi
abuelo el estudiante que suspendía varias asignaturas.
-¿Por qué yo tengo
asteriscos en casi todo y tú no?- le decía a mi abuela.
-Pues a mí la doctora me ha
dicho que tengo los análisis de una mujer de veinte años- decía ella todo
contenta.
-Abuelo-le explicaba yo- que
por las noches no te tienes que sentar conmigo a cenar, que no soy una buena
influencia.
En ese autobús pude recordar
cosas como estas y muchas otras, verlo llorar en la muerte de mi abuela, o
cuando en mi primera comunión me regaló una bicicleta GAC azul (lo que yo más
quería y con la que aprendí a montar), o cuando me enseñó a conducir con la
"furgonetilla" (así le llamamos) por la "recta" y se ponía
nervioso cuando parecía que me salía (curioso, chasqueaba los dedos a la vez
que decía "tú verás tu padre"), o cuando me preparaba una mochila
llena de comida en mis excursiones por la melera.
Al llegar a la estación me
esperaba mi hermano Jorge con su novia, y mi hermana Esperanza, comimos un
bocadillo juntos y al poco vino mi esposa. Ya sabíamos que el entierro sería el
Domingo por la mañana. Os ahorraré detalles del
entierro, la verdad es que sólo pensaba en decir lo que quería decir sin llorar
y luego, después de decirlo ¡llorar todo lo que quisiese!.
Fue un día muy triste, pero también un día en el que me sentí más orgulloso que
nunca de tener un abuelo como el que tengo, orgulloso y afortunado por
disfrutarlo.
Dice la Biblia, allí por
Eclesiastés, que se aprende más en una casa donde hay entierro, que en una
donde hay fiesta. En un momento así aprendes varias cosas, lo importante que es
aprovechar el tiempo y que lo que nos hace ricos, ricos de verdad, son las
relaciones personales, y no las cosas. Los días se pasan volando y dejamos de
lado momentos preciosos para disfrutar con quienes amamos.
Y por encima de todo eso:
¿Quien es el misterioso dador que te regaló la vida?, ¿Quien te dió el tiempo, los hijos, tu esposa o marido, tus padres,
tus abuelos?, ¿Quien es el que te ama tanto que se ha propuesto hacerte feliz
con las cosas que de verdad importan?, ¿lo conoces, sabes su nombre?. Si quieres conocer cual es el secreto para que no se te
escape el tiempo, para que tu vida sea más auténtica, más real, deberías
conocerle. Lo que verdaderamente te hace feliz, viene de Él, los deseos más
profundos en tí, los ha puesto Él. Y una vieja
historia, vieja, pero no menos real, dice que Dios amó tanto a los seres
humanos que entregó a su Hijo para que
Él recibiera el castigo por nuestros pecados, para que ofreciéndose Él por
nosotros, podamos reconciliarnos con el Dios a Quien hemos abandonado por
nuestro egoísmo e indiferencia. Piénsalo, si las relaciones personales te hacen
feliz, ¿cuanto más una relación con Él?, y es más sencillo de lo que a veces
nos han contado, basta con volverte a Él de todo corazón, reconocerle como
Dueño y Salvador.
Y es que, cuanto más lo
conozco a Él, más humano soy.
Vamos a echar muchísimo de
menos al abuelo. Muchísimo. Pero no vamos a olvidarle, jamás. Si algún día
tengo nietos (y espero tenerlos) espero hacerles picatostes, y madrugar para
estar juntos, y prepararles una mochila con comida para sus excursiones, y
hablarles de mi abuelo, de cómo estornudaba, de lo caliente que te ponía el
cola-cao, y del corazón tan grande que tenía.
Te voy a echar muchísimo de
menos, abuelo.
Tu nieto.