Una
consideración de Lucas 15.11-32.
La
historia del hijo pródigo es la historia de muchos cristianos. Quisiera que la
leyéramos atentamente y en oración, hay algo que el Señor quiere enseñar al
cristiano de hoy en sus luchas por mantenerse fiel a Dios y en pureza de
espíritu, alma y cuerpo.
Cuando
el hijo se apartó de la casa de su padre cometió un gran error. En la casa de
su padre podía comer manjares deliciosos en abundancia, disfrutar de abundancia
y gozo, estar libre de preocupaciones, vivir con comodidad y abundancia, en
cambio prefirió aventurarse a buscar el gozo fuera de su casa para terminar
decepcionándose y sufriendo las consecuencias de su error.
Lejos
de la casa del Padre.
Pero él “se fue LEJOS a
una provincia APARTADA” (v.13), huyó de la presencia de su padre, huyó de la
seguridad, de la abundancia, del disfrute. Y cuando se gastó lo que tenía, tuvo
que ir a cuidar cerdos, cayó en la miseria y la necesidad, él, que no había
conocido el hambre, deseaba comer la COMIDA DE LOS CERDOS. Realmente
no tenía buen aspecto, estaba sucia,
seguramente húmeda, y con toda certeza no tenía buen aspecto, no deseaba
saborearla, solo “deseaba LLENAR SU VIENTRE de las algarrobas que comían los
cerdos” (v. 16).
Gracias
a Dios volvió en sí, y empezó a recordar a la casa de su padre, donde el más
pobre de sus empleados tenía pan, pan de verdad, y en abundancia, así que pensó
en volver.
¿Cuántos
cristianos han estado en la casa del Padre comiendo alimentos espirituales
deliciosos?, han estado gozándose en la Palabra, en la comunión secreta con
Cristo, y en el compartir de los hermanos, todas estas cosas eran preciosas y
nuevas cada día, pero... el cristiano comenzó a enfriarse, a dejar de acercarse
a su Señor, y comenzó DESEAR LAS COSAS
DEL MUNDO, su apetito, antes centrado en las cosas espirituales, ahora se ha
vuelto a las cosas de este mundo, al consumir, al comprar, y su DELEITE es con
el brillo del falso gozo, y con la FALSA SEGURIDAD que da el DINERO.
Cuando
el cristiano deja de alimentarse de las cosas espirituales y empieza a comer
las cosas terrenales, empieza a ABURRIRSE de Dios (Is 43.22). La comunión le
parece interminable, la lectura de la Biblia insulsa, las reuniones le parecen
un rito vacío. En cambio, ¡los programas de TV le encantan!, conoce las
tertulias y los cotilleos de la “prensa del corazón”, su ilusión es ir al cine
a ver una película, y le encanta hojear las páginas de los catálogos, comparar
precios y pensar en qué es lo que más le gusta, para comprárselo.
Ha
perdido el apetito de Dios.
Ahora
desea comer comida de cerdos.
La
comida de cerdos, sólo es buena para llenar el vientre. No es deliciosa como
los manjares espirituales. La comida de cerdos no está hecha para un hijo de
Dios, sino para los hijos de ira. La comida de cerdos es vulgar, simple, vacía.
Todos los cerdos se agolpan para comer todo lo que puedan, y la verdad, que al
verlos comer con tantas ansias uno piensa que debe ser un selecto alimento.
Pero
sólo es comida de cerdos.
Los
manjares de la Casa del Padre.
¿Cuántas
veces nos hemos alejado del Señor para luego darnos cuenta que sólo hemos sido
felices cuando hemos estado a su lado?. La poca felicidad que nos llevamos al
mundo eran las riquezas que nuestro Padre nos había dado (v. 12).
¡Ah,
la casa del Padre!, está llena de los tesoros inagotables que son las riquezas
que están escondidas en Cristo. La casa del Padre es un lugar de exquisita y
dulce comunión. Uno nunca quiere salir de allí, sino morar por largos días.
“Una cosa he demandado a Jehová, esta buscaré; Que esté yo en la casa de Jehová
TODOS los días de mi vida, para contemplar la HERMOSURA de su SANTIDAD, y para
INQUIRIR en su santo templo” (Sal 27.4, énfasis mío).
La
comunión con el Padre, por medio del bendito Hijo de Dios, y en el poder del
Espíritu Santo no puede ser sustituida por nada del mundo, “si diese el hombre
todos los bienes de su casa por este amor, De cierto lo menospreciarían” (Cnt
8.7). No importa cuanto dinero amontonen delante del cristiano, no importa
cuanto entretenimiento barato le ofrezcan. Su deseo es hacia su Señor. Le
pueden quitar muchas cosas, pero no esa.
Sin
embargo, no sabemos cómo, ni entendemos
el porqué, a veces nos lanzamos a comer comida de cerdos, ¡aunque aun tenemos
en nuestras bocas el sabor de las delicias de la casa del Padre!. ¿Por qué?.
Nuestro paladar no es un paladar cualquiera, es un paladar que ha sido creado en Cristo para saborear deliciosos manjares espirituales. Un cristiano no puede disfrutar mucho tiempo de la “comida basura”, de la comida de cerdos. Según Romanos 7.22 nuestro hombre interior se deleita en la ley de Dios, este es el manjar para el cual hemos sido hechos. El hombre interior disfruta, se alegra, saborea con placer y se alimenta con asombro y gozo de la ley de Dios. La Palabra de Dios es el manjar que como hijos de Dios anhelamos.
El
peligro de la soberbia y autosuficiencia.
Muchos
jóvenes salen de casa de sus padres. Quieren ver mundo. Quieren tener
experiencias nuevas. Y, lo que es peor: CREEN QUE ESTÁN PREPARADOS.
Muchos cristianos creen que pueden ir lejos después de soltarse de la mano de Su Padre celestial. Son como el niño que monta su primera bicicleta y se suelta de la mano de su papá: “¡Yo puedo solo!”, y al poco tiempo se estrella. Una verdad que tenemos que aprender es que separados del Señor no podemos ir muy lejos (Jn 15.5).
“Antes
del quebrantamiento es la SOBERBIA; y antes de la caída es la ALTIVEZ del espíritu” (Pr 16.18). El hijo de la
parábola cayó cuando, exultante de felicidad, puso sus ojos en el mundo y pensó
dentro de sí: “Puedo gozar del mundo y de la casa del padre”, pensó que NO
NECESITABA DEPENDER DE DIOS, y que podía valerse por sí mismo.
Antes
del quebrantamiento es la soberbia. El cristiano disfruta del Señor, y hace
muchas cosas “para” Él, tanto, que llega a pensar que puede seguir funcionando
sin necesidad de tener continuo contacto con Él. De modo que poco a poco se va
apartando. Y una vez lejos, en la provincia apartada, es presa del enemigo de
su alma, quien lo enreda en mil y un asuntos.
En
el momento que cruzó la puerta de la casa ya estaba perdido.
No
podemos hacer nada separados de Él. Estamos perdidos si Él no está con
nosotros. Estamos hechos para vivir en dulce comunión con nuestro Señor, no
debemos salir de su templo y tener comunión con las cosas de este mundo. Sí,
estamos en el mundo, y sí tenemos que trabajar, y desenvolvernos en medio de un
mundo que no teme a Dios ni le reconoce. Pero eso no significa que tengamos que
comer de sus altares ni que adorar a sus ídolos.
El proceso ocurre poco a poco. El hijo de
Dios comenzó a ser fascinado por las cosas del mundo. Pasaba más tiempo de lo
normal mirando las cosas que les gustan a los hijos de este mundo. Sus
conversaciones eran como las de los hijos de este mundo. Luego comenzó a dar
pequeños paseos alrededor de la casa del Padre, no se retiraba mucho, pero sí
lo suficiente como para mirar al Padre de lejos. Algunos van a la iglesia sólo
por mantener esa sensación de seguridad. Piensan que por asistir a las
reuniones su “póliza de seguros” cristiana ya está “pagada”. Prestan sus
cuerpos físicos para que les prediquen sermones, pero sus corazones están
lejos, corriendo detrás de las cosas de este mundo. Comen del pan y del vino en
la Santa Cena, pero es como si comieran pan del altar de Baal y bebieran su
vino, porque no disciernen el Cuerpo y la Sangre del Señor. Cantan las
canciones de los hijos de Dios, pero para Dios es como si estuvieran cantando
mentiras y lanzando insultos, no saben lo que cantan, sólo leen cosas de un
libro. Ya no se apartan para estar a solas con el Señor que los rescató, Su
presencia les resulta sosa, y Su Palabra es cosa dura para ellos. Son como
aquella multitud que sólo seguía a Jesús porque querían llenarse el vientre del
pan que les daba, eran falsos discípulos, no querían un Señor, sólo querían
alguien que les llenase sus vientres.
Así
el hijo pródigo toma las bendiciones de la Casa del Padre y se aleja de Su
presencia. “Dame trabajo y salud, dime que no iré al infierno, pero DÉJAME EN
PAZ, NO TE METAS EN MI VIDA, SAL DE ELLA”. Eso es lo que muchos dicen hoy en
día.
La
santidad de la Casa del Padre.
“La
santidad EMBELLECE TU CASA” (Sal 93.5).
¿Qué
tiene la casa del Padre que es distinta a todas las otras casas?. Allí no sólo
hay abundancia de pan, allí no sólo hay alegría y fiesta, allí no sólo hay
misericordia (Sal 36.8), allí hay santidad, es hermosa porque el pecado no la
afea. Es hermosa porque allí se ama y se hace la rectitud (Sal 11.7). Sufriendo
la injusticia por parte de su patrón explotador, el hijo se acuerda de la Casa
del Padre, pero SABE que no puede ir a la Casa del Padre hasta que no se
RECONCILIE con Él. No hay misericordia sin arrepentimiento.
La santidad nos habla de que ya no
pertenecemos a este mundo, sino a “otro” mundo. Que no pertenecemos a un mundo
en el que reina el engaño, la estafa, la maldad, el juicio de los poderosos y
los fuertes. La santidad de la Casa del Padre hace de Su casa un lugar hermoso,
un lugar incomparable a cualquier otro lugar. Tu corazón no tendrá reposo hasta
que no entres en la Casa a la que perteneces.
La
parábola del hijo pródigo habla de la SANTIDAD. La santidad del que ha sido
hecho hijo por la Gracia, dice que ahora pertenece a Dios, que ha sido por
medio de Él, y PARA Él. Es para Su servicio, y no debe contaminarse.
La
SANTIDAD es que ahora pertenecemos a una nueva esfera (Col 1.13), la
espiritual, a un nuevo reino, el reino de Dios. Entramos en ese reino por el
nuevo nacimiento, y al nacer de nuevo recibimos una nueva naturaleza, una
naturaleza que viene de Dios. Esta nueva naturaleza nos mueve a clamar a Dios
“¡Abba, Padre!”, esa nueva naturaleza se deleita en las cosas espirituales.
Vivimos como hijos del Rey porque hemos recibido el espíritu de adopción,
porque hemos sido regenerados.
Un
ejemplo. Un perro no tiene que ser enseñado a ladrar, al ser perro por tener
una naturaleza canina, hace las cosas propias de perros, ladra, corre como un
perro, y disfruta del alimento de perros. A un caballo no puedes enseñarle a
vivir como un perro. No podrás. Intenta enseñarle a ladrar a un caballo. No
importa cuan buen profesor seas de ladridos, el caballo NUNCA ladrará. La
naturaleza del caballo es distinta a la naturaleza del perro, para que un
caballo hiciera cosas de perro tendría que nacer como perro.
Nosotros
como hijos de Dios hemos sido hechos participantes de la naturaleza divina (2 P
1.4). Nuestro hombre interior, nuestro ser espiritual clama por alimento
espiritual (Rm 7.22). No puede comer comida de cerdos, la comida de cerdos es
buena para los cerdos, no para los hijos de Dios (1 Co 10.21). ¿Comprendes
esto?.
A
veces un hijo de Dios se descubre así mismo haciendo y diciendo cosas que no se
corresponden a su nueva naturaleza. Es absurdo, en el pasado es posible que
disfrutara de esas cosas, pero ahora ya no (Ef 5.8). Sin embargo vuelve a ellas
una y otra vez. Aunque no tiene satisfacción en estas cosas, y aunque su nueva
naturaleza se alimenta de otras cosas, más preciosas y elevadas, pone la vista
atrás.
Ser
SANTOS es pertenecer a la Casa del Padre (Lv 11.44), como el hijo pródigo
pertenecía a la casa de su padre, y por ende, no pertenecía a la provincia
apartada. No estaba hecho para cuidar cerdos, sino para cuidar los asuntos de
su padre. No estaba hecho para vivir como cualquiera de las personas que le
rodeaban, él pertenecía a una familia de buena posición (Lv 20.26).
Un
desafío.
Hoy
muchos cristianos siendo ricos en Cristo se hacen miserables. Conocen tesoros
preciosos, promesas por las que vivir. Secretos que han estado ocultos por
siglos ahora ellos los conocen. Son sabios pero eligen vivir como necios en
este mundo. Decidme, ¿no es esta la mayor estupidez?. Hoy muchos cristianos se
empeñan en que no haya diferencia entre el hijo de Dios y el hijo de ira, entre
la luz y las tinieblas, entre la justicia y la injusticia.
El
desafío que la Palabra de Dios te lanza es a vivir de acuerdo a tu nueva vida.
Tú sabes mejor que nadie, puesto que tienes la Unción del santo qué es lo que
Dios quiere para ti y qué es lo que ya no es para ti porque corresponde a tu
vieja vida.
Podemos
poner miles de ejemplos. Un cristiano está en el mundo pero no se alimenta del
mundo. La gente del mundo busca con ansiedad la diversión, puesto que en la
diversión está el sentido de sus miserables existencias. El cristiano tiene el
sentido y el centro de su existencia en Dios. Vive en comunión con Dios, haga
lo que haga, durante todo el día. Mira casa día en Su Palabra para adquirir
conocimiento de su Dios, y para conocer su voluntad. Hemos dicho cada día.
Tenemos
que pensar en algunas aplicaciones prácticas. ¿Cómo vamos a trasladar a la
realidad aquello que estamos diciendo?.
En
primer lugar tenemos que orar que el Padre aumente nuestra hambre espiritual.
Si no somos pobres espirituales nunca podremos desear los alimentos de la casa
del Padre. Los pobres son aquellos que anhelan lo que Dios tiene para darles
porque están desesperadamente hambrientos.
Hay muchos que no son pobres espirituales porque están satisfechos de sí
mismos, tienen muy buena opinión de sí mismos, de modo que sólo desean aquello
que sus imaginaciones o sus cerebros pueden producir.
En segundo lugar tenemos que ponernos
manos a la obra. Hoy día nadamos en la abundancia. Tenemos Biblias. Tenemos
cursos de estudio bíblico. Tenemos literatura espiritual. Tenemos casettes.
Tenemos todo el material con el cual construir nuestra fe, ser titanes
espirituales, pero... ¿qué estamos haciendo con todo esto?. Muchos de los
cristianos que conoces son “coleccionistas de libros”, compran mucho y trabajan
poco. La excusa puede ser el tiempo, o tal vez que nos son muy dados a las
cuestiones intelectuales, pero el motivo real es la pereza. Son perezosos.
Saben el precio que cuesta alcanzar la madurez, y no quieren pagarlo. Ellos
quieren la corona, pero sin pasar por el martirio. Hoy día nuestras iglesias
están plagadas de ignorantes voluntarios. Acuden en tropel, pero no están
capacitados para llevar a cabo la obra del ministerio. Ni saben ni quieren.
Conocemos a hermanas sin apenas estudios que toman nota de casa predicación,
que leen cuanto cae en sus manos, lo hacen lentamente, pero con gran placer.
¡Hermanos,
manos a la obra!, Dios no da premios a la ignorancia. Él nos dejó la Biblia por
escrito para que la estudiemos, no para que la paseemos, para que la
conozcamos, no para que la abandonemos, Dios nos dejó maestros, para que
estemos capacitados, entrenados, preparados, para llevar a cabo la Gran
Comisión, para que la Iglesia sea fuerte, avance con empuje. Hoy día las sectas
nos aventajan en diez sobre uno en celo. Ellos publican proporcionalmente más
libros que nosotros, sus miembros leen más que nosotros, saben más que
nosotros, se dedican de lleno al estudio, por eso pueden dar respuestas, estar
entusiasmados y hacer nuevos prosélitos.
Si
yo fuera tú, cogería un buen manual de discipulado cristiano y me pondría a
estudiarlo junto con mi Biblia, tomaría los tomos de “Vida Discipular” y me
pondría a devorarlos, tomaría el libro “Discipulado Cristiano” de W. McDonald y
no lo soltaría. ¡Hay tanto que aprender y tan poco tiempo!. ¡Eres un privilegiado!,
piensa en todo lo que tienes al tu alcance, verdadera comida del Padre, pero a
veces prefieres la comida de cerdos.
Si
yo fuera tú me marcaría unas metas. Me propondría leer tantos capítulos de la
Biblia, y memorizar otras tantas secciones por semana o mes. Leería algunos
libros cristianos por semana, y haría algunos de los estudios que hay de la
Biblia o de vida cristiana que hay para hacer.
Si
yo fuera tú me haría un horario. Sabría a qué hora acostarme y levantarme,
tendría un tiempo en la mañana para estar con el Señor, a medio día y en la
noche. Aprovecharía cada minuto que pudiera para consagrarlo al Señor.
De
acuerdo. Tal vez me estés diciendo que has intentado antes tener comunión con
el Padre y “comer” de sus manjares, pero que al poco tiempo te enfriaste. Ahora
estás desanimado. Piensas que si vuelves a empezar volverás a caer. O tal vez
crees que es algo demasiado para ti: voy a proponerte algo diferente.
DEDICA
AL MENOS QUINCE MINUTOS. ¿Quién no tiene quince minutos?. Dedica quince minutos
a estar en comunión con Dios, a tener tu devocional. Piensa: sólo son QUINCE
MINUTOS. Esto supone acostarte un poco antes para tener tiempo cada mañana. O
tal vez apartar un rato en la tarde, o en la noche para estar a solas con el
Señor. No conozco a nadie tan ocupado que no tiene quince minutos, de hecho, si
contamos nuestro tiempo nos daríamos cuenta de que a menudo desperdiciamos
mucho más que quince minutos. Desperdiciamos HORAS ENTERAS, y eso lo hacemos
cada mes, cada año.
¿Qué
hacer durante ese tiempo?. Comienza ese tiempo orando. Dale gracias a Dios por
ese día. Habla con Dios. Te recomiendo leer un capítulo de la Biblia. Y ahora
pídele a Dios que te muestre qué quiere decirte hoy a través de ese texto. En
el discipulado enseñamos a tener un diario espiritual, allí escribimos Qué
me dijo Dios, y en otro apartado Qué le dije yo a Dios. Eso es
importante, tener claro qué es lo que el Señor te está hablando en Su Palabra.
Quince
minutos es muy poco tiempo. No te recomiendo que te quedes en esos quince minutos
para “aliviar” una conciencia culpable. Cuando estás con alguien a quien amas
quince minutos es muy poco. De hecho, ¡nunca querrías que ese tiempo
terminara!.
La parábola del
hijo pródigo es una enseñanza de Jesús a nosotros, sus discípulos, que nos muestra
a volvernos a Dios. Si te descubres a ti mismo vacío, cansado, insatisfecho, si
te das cuenta que te estás alejando de Dios, o enfriando, es el tiempo de
volver a Dios. Si crees que la vida cristiana es mucho más que una serie de
normas aburridas que cumplir, ¡es el momento de volver a entrar en la Casa de
tu Padre!. Vuelve a confesarlo como tu Señor y Salvador y dedica tiempo a la
actividad más deliciosa y feliz a la que nadie pueda estar entregado: tu tiempo
devocional.
Julio Martínez MorenoDávila.
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